Un pedacito de historia

Ayer saboreamos un pedacito de historia. Un penúltimo asalto de una rivalidad eterna, que ha alimentado  a dos héroes esculpidos a base de gloria. Federer desafió al tiempo, capaz incluso de detener a un reloj suizo. Escribió una nueva leyenda con tinta de 18 kilates, tantos como Grand Slams se funden en su raqueta de seda.

Federer y Nadal / Scott Barbour / Getty Images

Federer y Nadal / Scott Barbour / Getty Images

La mejor final de todos los tiempos; un pañuelo para los nostálgicos, un premio para los creyentes. Un baile más entre dos maestros inmortales que convirtieron al tenis en el deporte rey del mundo entero, al menos durante un rato.

Hasta los canguros aplaudieron en las antípodas a dos bestias inhumanas, bendecidas por un aura celestial que nos permitió ver como se juega al tenis en el firmamento. Muchos tuvieron que desempolvar las necrológicas que auguraron la muerte deportiva de Roger y Rafa.

En un mundo dominado por los números y los momentos, la mejor final de todos los tiempos nos la brindaron el 9º y el 18º del ranking. Federer convirtió en dulces esas lágrimas australianas que en su día supieron amargas, mientras Nadal fue el otro ganador de un partido sin vencido ni derrotado. Rafa está de vuelta, robándonos admiración en cada gesta. Remontó a Zverev, jugueteó con Monfils, hipnotizó a Raonic y desesperó a Dimitrov. Todos ellos jugaron contra Rafa y contra el destino, que nos debía una última (¿) final con Federer. El suizo también coqueteó con la eliminación, agotando las cinco mangas frente a Nishikori y Wawrinka.

Si cerramos los ojos, se puede escuchar la plasticidad del revés de Federer, el rumor de sus andares o el estadillo de los passings de Nadal

No se puede escribir una crónica de un partido que se sigue jugando. A los mortales nos dejaron ver cinco sets, el máximo permitido, pero el duelo real coninúa y continuará. Ambos comparten una pista en la eternidad. Si cerramos los ojos, se puede escuchar la plasticidad del revés de Federer, el rumor de sus andares o el estadillo de los passings de Nadal. Concentrándose, hasta se percibe el sonido del sudor de Rafa al golpear contra el suelo y la sonrisa de ambos, que comparten corona y limbo.

Sólo se puede decir, ¡Gracias! Gracias al tenis por unir en la misma generación a dos monstruos. Gracias por un partido inolvidable. Gracias hasta por la espera, ¡ojalá todas las esperas valgan tanto la pena! Volvieron para nosotros, pero ellos nunca se fueron. Y  nunca se irán. Han dejado escrito un pedacito de historia

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