Gigantes o molinos

Una imagen expresa multitud de significados que nos pasan desapercibidos. En esta nueva sección nos detendremos en aquellas fotografías que contengan mucha más realidad de lo apreciable. Traspasaremos la apariencia para encontrar el latido de cada escena. Porque donde todos vemos molinos, Don Quijote vio gigantes. Gigantes que se esconden tras muchas imágenes.

Para empezar, había escogido una fotografía de Lewandowski tras marcar cinco goles en nueve minutos. Pero me topé con otra de Pau Gasol, que me conmovió para ser la que entornara esta ventana visual que estará abierta cada viernes en el blog.

Dibujo

Retrotraeros al momento previo de la final. Aun no somos campeones. Ahora contemplad la foto. Entintada con tonalidades sepia, no se aprecia el tipo de metal que cuelga del cuello de un cabizbajo Pau Gasol. Perfectamente podría tratarse de la medalla de plata. La imagen muestra a un gigante que camufla su gesto, quién sabe si por abatimiento. El Brazo derecho, apoyado sobre su angulosa rodilla, deja caer una mano lánguida que sería incapaz machacar una canasta de goma. La otra mano, tan infinita como el resto de extremidades, enjuaga los rizos que penden de un rostro oculto. Las toallas desperdigadas por el vestuario insinúan algo de vida en una lámina que irradia soledad. Yo veo a un hombre hundido, sin fuerza siquiera para descalzarse, pero atento a desatar los cordones que le torturan esos pies capaces de elevarse al cielo. Decidme, si hubieseis visto esta imagen antes del partido, cuantos apostaríais por España.

Pero la realidad es otra. Poco a poco la imagen se clarea, dejando relucir el dorado de la presea. Gasol se refugia en la intimidad del vestuario, incapaz de percibir el objetivo que le enfoca. Pau esconde su mirada pero expone su alma, con la que guió a España a conquistar el campeonato. El abatimiento se torna en emoción e incredulidad. Su cabeza rememora el esfuerzo previo, siempre tan anónimo para todos menos para el que lo realiza. Esos recuerdos pesan tanto que se obliga a sostenerlos. No hay momento que se saboree mejor tras el éxito, que el de la extrema soledad.

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