Los escarmentados del “caso De Gea”

David De Gea no fichó por el Real Madrid. El cierre del mercado deparó una de esas noches grandiosas de Twitter y palomitas, en la que el escarnio social a la situación se mezcló con el desatino de los medios, incapaces de interpretar mediante argumentos lógicos lo que estaba pasando. Dos días después, ya todos puestos sobre aviso del guión a seguir, llega el momento del cruce de versiones y el intercambio de comunicados, con el único objetivo de buscar al responsable real del esperpento. Misión imposible, porque cuota de culpa tienen todos. El desenlace final ha sido un escarmiento merecido a todo el entramado que envuelve el mercadeo futbolístico. Los veranos se han convertido en un bazar donde los jugadores tienen todo el poder, exigiendo renovaciones y amenazando a los clubes que en su día los formaron o pagaron por ellos. En este nuevo panorama, la figura del representante se ha asentado nocivamente encareciendo operaciones y manipulando voluntades. Los clubes, en muchas ocasiones atados de manos, se prestan a las nuevas leyes de oferta y demanda, como una especie de traficantes de mercancías, sumisos con malas artes a una realidad que les esclaviza. Y sobre todos ellos sobrevuelan los medios, hipotecados al rumor, la hipótesis y los murmullos. Entre todos conforman una pantomima de la que ninguno se siente responsable. Analicemos el caso De Gea punto por punto.

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Van Gaal y de Gea, obligados a entenderse.

1 – El interés del Madrid por el jugador: El principal error del Madrid radica en encomendarse al deshonroso hábito extendido de manipular al jugador al que pretenden fichar. Se le ofrece un contrato antes de hablar con su club de origen, instando al futbolista a la sublevación en caso de que la negociación se enquiste. Con este proceder se persigue abaratar el precio de salida, puesto que a De Gea le restaba un año de contrato. Luego sólo resta filtrar el interés a los medios para que meneen el manzano, de forma que parezca que el Madrid le hace un favor al Manchester por pagarle una determinada cantidad por un jugador que se quiere ir y que además vendría gratis un año después.

2 – El Manchester se rebela: Los diablos, heridos en su orgullo, se resisten a dejar ir, al menos sin oponer resistencia, al que ha sido su mejor jugador las dos últimas temporadas. No quieren vender a un portero por el que hicieron una gran inversión en su día y al que dieron la oportunidad de jugar en uno de los mejores clubes de Europa. Por ello le ofrecen una renovación, que el jugador tiene derecho a rechazar. El mismo derecho que el Manchester tiene a reclamar sus servicios el año que le resta de contrato. “Nos piden mucho dinero por los jugadores que queremos fichar, por lo que también nosotros tenemos que vender caro”, Van Gaal dixit. Pocas veces unas declaraciones me parecieron tan acertadas.

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La foto que no fue realidad por un minuto.

3 – Ventiladores: Ante la postura de ambos clubes (uno no quiere vender y otro no pretende pagar más de lo previsto), la operación se alarga y entran en juego los medios. Desde España se pone el ventilador contra Van Gaal, quién siempre ha sido un poco cuadriculado, pero que de repente pasa a ser un ogro, un maltrataniños, el peor villano del mundo del fútbol. Y todo ello por defender los intereses de su club. Desde Manchester el ventilador apunta a De Gea. La afición le aclama y le adora, por lo que hay que variar el sentir general situando al portero en la diana, condenándole al ostracismo y tildándole de desagradecido sólo por ejercer su derecho a no querer renovar. De Gea pasa de ser coreado en Old Trafford a ser un infiel denostado. Su teatro de los sueños se convirtió en el teatro de las pesadillas, en una obra dirigida por Van Gaal e interpretada por el sensacionalismo de la prensa inglesa. Desde Madrid, esta actitud se toma como algo intolerable, en un acto de desmemoria sin precedentes. Higuaín, Ozil, Di María, Ancelotti, Casillas, Ramos; a todos ellos se les puso el ventilador desde los medios afines al club cuando decidieron abandonar el Madrid, pidieron mejorar sus contratos, o en el caso de Carletto, convenía generar un caldo de cultivo en contra de un hombre del que se pretendía prescindir. En definitiva, la prensa de Madrid clama porque la prensa británica hace lo mismo que ellos han hecho otras veces.

Día D: Pasan las semanas, se suceden las portadas, los periodistas vuelven de vacaciones, empieza la competición, pero el fichaje no se cierra. En este tiempo se genera un caldo de cultivo favorable a Keylor y Casilla, quienes según Benítez, según el madridismo y según la prensa (y según mi opinión), son guardianes fiables de los tres palos del Bernabéu. El fichaje de De Gea parece menos necesario, pero los modos del Madrid instando al jugador a declararse en rebeldía le obligan moralmente a dejar abierta la operación. Llega el último día de mercado y el gran error del Manchester. Es respetable y hasta encomiable que un equipo no quiera vender a un jugador de su propiedad, por el que pagó en su día y al que le une un contrato, aunque sólo sea de un año. Pero el equipo inglés se presta a negociar el último día, echando por tierra su resistencia y dando argumentos a los que le acusan de dinamitar intencionadamente la operación. Con Jorge Mendes de por medio moviendo los hilos desde Mónaco, repartiendo jugadores como si fueran porciones de tarta y embolsándose suculentas comisiones, parece que el culebrón va a tener un desenlace satisfactorio. Al menos así se publica en los medios; De Gea al Madrid, Keylor al United. Entonces llegan las prisas para cerrar una negociación difícil que implica a dos clubes, dos jugadores (y sus familias) y dos representantes. Tic tac. Todo parece hecho, pero Keylor pide revisar unas cláusulas, el Manchester solicita un reconocimiento médico y la burocracia se interpone envenenando del todo una situación demasiado enrevesada. El resto ya lo sabéis. El Madrid se equivocó hipotecándose al pacto moral con De Gea y prestándose a negociar el último día cuando debería haberse plantado mucho antes (una vez comenzada la liga, no queda bien intercambiar a tu portero titular). Al final, ridículo global del que todos los implicados forman parte y del que todos pretenden desmarcarse. Sin duda, un buen escarmiento para todos ellos, aunque no creo que tomen excesiva nota.

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