Yo también pitaría el himno

Afortunadamente el sábado no tenía a mano un pito, silbato, chiflo, sirena o cualquier otro artilugio hueco capaz de emitir sonidos agudos y desagradables en el momento que sonó el himno. Porque de haberlo tenido, lo hubiese utilizado, a pesar de sentirme español y creer que la unidad territorial nos hace más fuertes. Y lo hubiera hecho por el mismo motivo por el que a veces celebro las derrotas de algún deportista nacional (Fernando Alonso es mi blanco favorito); un patriotismo desorbitado que crea más segregación de la que provoca el independentismo del que presuntamente se defiende; un patriotismo desaprensivo que genera intolerancia mientras presume de erradicar a los intolerantes. Un patriotismo acusica que algunos medios toman como símbolo inviolable. Por ese patriotismo cínico y procaz yo hubiera soplado fuerte al oírse el himno. Mi himno. Y estoy seguro que no soy el único.

La copa del rey para el periodismo se resume en dos debates que se alternan en función de quienes sean los finalistas. ¿Cuál será la sede? ¿Se pitará el himno? Este año, al enfrentarse Athletic y Barça, ambas cuestiones venían a cuento,  lo que dividió el martilleo informativo hasta que el Camp Nou se impuso como escenario (no sin jugosas polémicas de por medio) y toda la atención pudo focalizarse en el escaso minuto (54 segundos he leído que duró esta vez) en el que sonarían los acordes de nuestra canción más representativa (por no repetirme con la palabra “himno”). El hecho de que posteriormente se disputara un partido de 90 minutos y que se decidiese un título es a todas luces un hecho irrelevante al lado de semejantes conflictos universales.

Y así es como los dichosos pitos se anticiparon de forma nada subliminal hasta convertirse en un reclamo suculento para distraer la atención mediática. Con el alboroto que formaron nuestros amigos patriotas que están al frente de los medios informativos, ¿alguien pensaba realmente que no se pitaría el himno? Ni los de Jueggin o Sportium (que ofertan hasta qué calzoncillos llevará Luis Enrique durante el partido) pensaron en crear cuotas para una obviedad semejante, por muchos hashtag del rollo #elHimnonosepita que se crearan.

himno

¿Alguien dudaba que pasaría esto?

Los medios de comunicación más críticos con los posibles silbidos han sido los que más los han promovido, ya sea por restar repercusión a un posible título del Barça o por atizar a los catalanes y vascos sin atender a su problemática. El altavoz ha retumbado antes incluso de saber si se pitaría o no, y la reacción del gobierno ha sonado a nota que llevaba varios días en el cajón. Llegado el  tan esperado momento, mi irritación era tal que agradecí no haber perfeccionado de pequeño el arte del silbido, porque de haber sido así me hubiera manifestado contra lo mismo que muchos de los que pitaron y no pensaban hacerlo; ese falso patriotismo con el que nos han contaminado durante días que no es más que una venda para tapar una herida que ellos mismos se han hecho golpeándose contra la pared. Los que más se indignan con la pitada y la ausencia de sanciones, son los que más se alegraron de oírla.

Y que decir del post-partido. He oído más calificativos sobre la pitada que sobre el gol de Messi. Sé que fue sonora, estruendosa, ensordecedora, atronadora, estridente, y algún adjetivo más que a buen seguro me olvido. También sé que llegó a los 119 decibelios, y que eso es más de lo que alcanza un tren de mercancías o un concierto de Rock, pero menos de lo que suena un avión al despegar o al estallar un trueno. Del golazo de Messi sé que fue majestuoso, único y de otra dimensión. Pero porque lo ví, no porque me lo hayan contado. Entre los pitos y el vacile de Neymar apenas se habla del doblete del Barça. Debo confesar que a mí también me han manipulado. Iba a hacer la entrada sobre la obra de arte de Leo, pero he acabado cediendo a la realidad que nos imponen. Al menos así puedo confesaros que yo también hubiera pitado, aunque al día siguiente disfrutara como español de los éxitos de Contador y Lorenzo.

 

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