La inocencia de un niño

La inocencia se pierde con los años. Es un velo que nos protege, a unos durante más tiempo que a otros, durante las primeras etapas de un camino lleno de trampas. También ocurre en el deporte, pervirtiendo las ilusiones del principio hasta que son devoradas por nuestras ambiciones.

Los niños conmueven. Su ingenuidad no les deja competir, alejándoles de un enredo perverso al que se verán arrastrados poco a poco. Me he dado cuenta de ello este fin de semana viendo un partido de alevines; su equipo perdía por doce goles de diferencia, sin mucha más aspiración que llevar el balón del fondo de su portería al saque de centro. Mismas edades pero una diferencia abismal de matices. Entonces él, un chico obstinado, combatió hasta lograr su gol. No fue el más bonito del partido, pero sí el más celebrado. Lo que para muchos es el gol del honor, ese que nadie quiere marcar, para un niño puede ser un logro mayúsculo. Porque ese gol no tuvo nada de intrascendente. Su grito retumbó en el campo, contagió a los compañeros y conmovió a los padres. “¡Vamos, que podemos!”. Habían recortados la distancia a 11 goles, que al final serían 15, pero efectivamente, en ese momento, podían, y a todos contagió con su inocencia. A los no tan niños también.

images (1)Ese brillo en la cara que sólo tiene un niño se va apagando. Quizá algunos, con más suerte, puedan conservarlo casi toda la vida. Pero en el deporte es imposible, sobre todo si hablamos de algo profesionalizado. En el fútbol de elite esa inocencia no existe. Los valores que se transmiten son otros, a menudo negativos. El sábado me fijaba en la reacción de Neymar tras ser cambiado en un partido que el Barça tenía encarrilado y en el que él no estaba brillando. Es de los jugadores más puros que percibo en lo que desprende. Siempre una mueca agradable a tono con su perfil malabarista y su esencia danzarina. Salvo cuando le cambian. Entonces se esconde dos minutos bajo su camiseta, ocultando al niño que lleva dentro y refunfuña porque le han sacado del partido. Debe ser difícil para Luis Enrique elegir un cambio sabiendo que el enfado y consecuente alboroto mediático están asegurados. Ya sea Neymar, Suárez, Alves o Messi. Ellos como muchos otros jugadores son egoístas. Algún día serán entrenadores y les irritarán las pataletas de sus jugadores, las mismas que ellos muestran partido tras partido.

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Con Neymar quiero pensar que es diferente, y que su arrogancia y egoísmo provienen de esa inocencia que todavía guarda. Seguramente el niño que os he presentado en el primer párrafo también se enfadaría si le privan de jugar esos últimos minutos intrascendentes del partido. Porque para él no lo son. Quizá, para Neymar, tampoco.

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