El deporte que nos rodea

El deporte está en todos sitios. Sólo hay que templar el oído y acerar la observación. En el paraje más inesperado pueden reverberar timbres de apariencia intrascendente que demuestran que el deporte, ajeno a nadie, es la droga más universal de nuestro tiempo y el ovillo más característico de nuestra crisis.

Por ejemplo en un pub de medianoche, donde relajamos nuestros sentidos debatiéndonos entre tomar un quinto o un tercio. Incluso entonces el deporte nos persigue. El Quinto sería como un gol de penalty; intrascendente pero eficaz. El tercio nos permite saborear más el enjuague, como se paladea un gol de falta, que deja mayor poso pero vale igual. Al final elegimos una caña porque nos va la marcha, la samba, el espectáculo. Una vez solventado el dilema nos entregamos a una conversación que nos abstraiga del estado de alerta al que el día nos obliga. Ponemos el piloto automático acumulando jarras y sin reparar en quienes nos acompañan en esa tasca irritante donde por azar hemos acabado aquel viernes.

descargaNuestro acompañante va al servicio y nos sentimos ridículos por un instante. Seguro que todos recordamos haber vivido ese trance fugaz en el que parecemos abandonados y poseidos por un mareo juguetón que nos vuelve hasta más clarividentes. Miramos la mesa de madera pensando qué hacemos aquí, y es entonces cuando nos percatamos que en aquel recinto había más gente. Afinamos la percepción para colarnos en conversaciones que poco nos importan, pero se mezclan entre la insoportable música de ambiente con la que el local nos castiga.

En este momento de la historia cambio de persona al narrar, porque ya vale de arrastraros en mis delirios. Recostado en la silla me fijo en una mesa cercana donde cuatro zombis de aquella noche, tan autómatas como yo, mantienen una animada conversación. Al menos dos de ellas, mujeres, mayorcitas, junto a otros dos hombres que apenas intervienen. Recuerdo que me llamó la atención que hablasen de deporte, o de algo que se le parecía. Con una media sonrisa de interés atraigo los ecos de aquel diálogo, seguramente tan absurdo como el que yo podría mantener en ese momento.

  • Sí, este entrenador joven y guapete..
  • …¿?
  • Sí, este que es gay.
  • ¿Guardiola?
  • Sí, ese.
  • Pero si está casado.
  • No, pero he leído en algún sitio que es gay.

Cuando más interesante se ponía el relato, tras dos minutos que me parecieron dos cuartos de baloncesto, mi compañía vuelve para recordarme que no había llegado sólo hasta allí.

  • ¿De qué te ríes? (me pregunta)
  • De la conversación de la mesa de al lado.
  • ¿De qué trataba?
  • Mmm…no lo sé. Creo que algo relacionado con el deporte.

Os preguntareis, ¿Qué quiero decir con todo esto? Volvería a responder lo mismo. “No lo sé…pero creo que está relacionado con el deporte”. Cuando decidí escribir algo sobre aquello tenía la excusa en las jarras vacías que se colocaban delante de mí como una barrera antes de una falta. El problema es que ahora, cuando lo escribo, estoy totalmente sobrio. A mí también me parece ridículo, pero el deporte y sus actores nos persiguen allá donde vayamos. Valga todo lo anterior por esta absurda moraleja.

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