El último latido de aquel descampado

Se planta erguida sobre el asfalto, presumiendo de su conocimiento del terreno. Mira altivamente las calles que le rodean y ofrece a los gorriones un lugar donde posarse tras su travieso revoloteo. Escucha ruido, pero se trata de sonidos muy diferentes a los de años atrás. La señal de Stop más antigua del barrio ha sobrevivido a edificaciones y pavimentados. Ha visto ensancharse las calles e instaurarse los pasos ciclistas. Ha presenciado inmóvil a la transformación del terreno. Todo ha cambiado menos ella. Donde originalmente había un descomunal descampado ahora se agrupan urbanizaciones de bungalows. Cualquiera diría, con razón, que el cambio ha sido beneficioso para el entorno y el desarrollo del barrio, pero esa señal de Stop, desde su romanticismo arcaico, añora algo. Añora los ruidosos silencios de esa inmensidad de tierra. Aprecia la nueva estampa, pero añora aquel descampado.

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Un descampado es mucho más que un basto terreno descuidado

Los bungalows transmiten sonidos reposados de familias asentadas. Se escuchan los chapoteos en la piscina y se aprecia el humo de las barbacoas casi fundiéndose con las nubes. Se perciben las sonrisas de los niños al encender la consola, pero suenan diferentes. Nada que ver con el eco ensordecedor de aquellos aullidos infantiles que anunciaba que había llegado la hora de salir a la calle. Nada que ver con el crujido de los matorrales aplastados por las bicicletas al sonido de “vamos, una carrera. El último que dé la vuelta a la manzana, se pone de portero”. Aquello no eran carreras, eran desafíos de honor que solían acabar con alguna rodilla ensangrentada. Pero aquellos granujas enseguida se olvidaban del dolor para centrarse en su siguiente misión; buscar los pedruscos más grandes con los que hacer dos porterías. Siempre había uno que iba más allá e improvisaba unas líneas con una tiza hasta crear un campo de fútbol, de volley o de baloncesto. Eso sí que eran polideportivos, y no los de ahora. Pero la diversión sólo duraba hasta que el balón, el único que había y que se deshinchaba con mirarlo, se perdía en la carretera o se colaba en casa del vecino más antipático. Aquello sí era un problema.

La señal de stop entiende el cambio, pero no olvida aquella época. También ella sirvió en su día de poste improvisado de una portería o de absurdo escondite. ¡Como si su delgada figura pudiese ocultarte de los ojos del que le tocaba pagar! Pero de esa manera, ella se sentía partícipe. Le gustaba ver trepar a los jóvenes aventureros sobre el único árbol que había en aquella inmensidad de terreno. Y le gustaba verlos refugiarse después sobre ese mismo árbol, que proporcionaba la única sombra en varios kilómetros a la redonda. Le gustaba el sonido de los petardos en verano, o el de las bolas de petanca al encontrarse con el suelo. Incluso las pisadas sobre el barro en los días lluviosos. Ahora apenas escucha nada de eso. Cuando un niño se acerca a ella, es para tener un apoyo donde hacerse una foto con su nuevo móvil. Las fachadas de esos bungalows son atractivas, pero roban vida en su interior. Los niños ya no se hacen deportistas, sino que se dejan llevar por la deriva que les convierte en sujetos pasivos. Sujetos de un nuevo tiempo, que utilizan los descampados para hacer botellones, perdiéndose todo lo demás que éstos ofrecen.

Un operario acaba de colocar un cartel avisando de algo. “Debido al cambio de dirección de las calles, no aparquen aquí los coches durante las próximas 48 horas. Se llamará a la grúa”. La señal  de stop ya no tendrá sentido, y será arrancada, dejando aquel descampado sin latido. Pero yo al menos, agradezco haber crecido en él.

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