Vuelta al cole

Nano” luce avergonzado su pelo repeinado. Unas gotitas de sudor traviesas se deslizan por su frente hasta colarse en el cuello de su polo inmaculado de rayas mareantes, entreabierto por dos botones, uno de ellos desabrochado. La prenda, muy vistosa, al menos puede respirar en su acabado por fuera del pantalón. Algún que otro niño de la misma fila de “Nano” no ha tenido esa suerte, y se muestra empaquetado con la camisa por dentro y la cara desajustada. Hasta se puede detectar algún rayo de sol distraido reflejado en la hebilla de algún cinturón entallando la figura de una criatura a la que le cuesta respirar. Es el primer día de cole, aquel en el que las madres disfrutan la única jornada en la que pueden llevar a clase al niño vestido con el traje de los domingos. “Nano” se resiste a soltarse de la mano adulta, al igual que otros muchos compañeros suyos que parecen mudos, en contraste con el griterío que reinará durante todo el curso. En ese primer contacto tras un verano dilatado, los nenes aún manifiestan su timidez y rebeldía infantil tras un madrugón al que no habían tenido que someterse durante varios meses. Al final, un par de minutos después del sonido del timbre, “Nano” decide mover sus resplandecientes sandalias veraniegas, cargado con ese saquito impoluto donde se resguarda el almuerzo y reprimiendo unas lágrimas sagaces que algunos de sus compañeros ya llevaban minutos emitiendo. Pasada la habitual mamitis del primer día de cole, un ejército de recelosos y jóvenes soldados se encamina al interior del edificio, poniendo fin a una estampa tan entrañable como melodramática, que deja a las madres confusas, dudando entre llorar de pena ante la imagen afligida de su pequeñajo antes de despedirse o llorar de alegría por las horas por delante en las que la educación pública le librará de su responsabilidad como progenitoras.

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Imagen de uno de los colegios españoles durante su primer día de curso

Ese primer día es un oasis de pulcritud entre un desierto desaliñado. El esmero de la vuelta al cole apenas dura una fotografía y la delicadeza pronto se convierte en vivacidad. Los niños no tardan en cruzar miradas, tramar trastadas y alborotar sin mesura ninguna. A la salida los “babys” limpios se tiñen de barro, los calcetines han cambiado el color blanco perla por un gris más tiñoso. Los peinados también han mutado, primando un bosquejo enmarañado de pelo alborotado donde antes había gomina y armonía en el caso de ellos o trenzas y cepillados impecables en el caso de ellas.

El segundo día ya nada es igual. Los vaqueros o pantalones de vestir dejan paso a los pantalones de sport que serán chandals requetecosidos en las rodillas y codos cuando amenace el frío. Los polos han mutado en camisetas y las zapatillas de deporte se han adueñado del patio. Algunos ya empiezan a lucir las camisetas de su equipo favorito, rebautizadas con los nuevos fichajes, para tortura de los padres que recogen a su hijo al grito de “yo quiero la de James”, “yo quiero la de Luis Suárez”, y por qué no, alguno habrá que diga “yo quiero la de Griezzman”. Ya en esos primeros días se ha dado alguna patada a alguna lata en los recreos, se ha fantaseado sobre lo que se hará este año en clase de gymnasia o se ha empezado a bombardear al “papá” con la idea de que apuntarse al equipo de fútbol, de tenis, o a cualquier otra actividad extraescolar.

En un santiamén, el deporte se adueña de los críos. No utilizan la clase para mirar de reojo a la chica que les gusta sino para mandarse notas retándose a un partidillo. Son demasiado jóvenes para pensar más allá de corretear y desarrollar su físico.Nano” baja las escaleras tras su primera semana del nuevo curso. Su rostro ya no muestra temor, sino más bien un reflejo pícaro porque algo le incomoda. “Papá, quiero estampas de fútbol. Todos tienen”, manifiesta entre sollozos. Otra vez el deporte se impone, hasta que dentro de 360 días vuelva a empezar el siguiente curso, trayendo un nuevo día de tregua. ¡Qué tiempos!

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