¡Suerte, Cesc!

Admito mi espíritu quisquilloso, empeñado en remar a contracorriente. No intento justificarlo, y ya claudiqué de entenderlo (a mi espíritu, digo). Me consuela que no se zarandea por capricho, sino que se zambulle en aguas coherentes manchadas de incoherencia, sirviéndose de la contradicción para sembrar sinceridad y no al revés.

Cesc, cabeza de turco habitual

Cesc, cabeza de turco habitual

Cuando el Barça fichó a Cesc me pareció un error. Cuando todos celebraban la vuelta del hijo pródigo a mi me parecía un desembolso excesivo por un jugador sobrevalorado. Donde algunos veían inteligencia yo veía intermitencia, y donde otros apreciaban estrellas yo distinguía meteoritos.

¿El tiempo me ha dado la razón?… No, no puedo apuntarme ese tanto. Ahora tengo su camiseta en el armario. Donde hoy la mayoría ve un culpable, yo veo injusticia. Donde muchos localizan pereza, yo detecto honradez, y lo que la unanimidad etiqueta como fracaso yo lo llamo compromiso. Sí, yo me he “subido al carro” del Cesc del Barça, no del que jugaba en el Ársenal. Pero no me miren a mí, pidan cuentas a mi espíritu.

No voy a defenderlo con datos. Incluso entiendo que a las dos partes convenga verle lejos de Barcelona. El Barça no puede pretender que Cesc triunfe si se le manda desarmado como avanzadilla hacia un fusilamiento asegurado.

El fracaso siempre trae cobardía y falsos culpables. Mientras Cesc vista de azulgrana, lo que haga estará mal, como mal está todo lo que ha hecho. La afición le silvó, entregando su cabeza a una directiva cobarde, encantada de esconder parte de su responsabilidad tras el escarnio a un jugador. Aunque sea uno de los suyos.

Vendiendo a Cesc se recupera parte de la inversión, se enseña un pescuezo al pueblo y se traduce como parte de esa profunda renovación que supuestamente se está llevando a cabo. Y de paso se quitan parte ese eterno sambenito que habla de una directiva sometida a los designios de Messi. Sin Pinto ni Cesc, el Argentino pierde su cobijo en el vestuario, y los de arriba ganan algo de indepencia pública en su estrategia de perros de paja. Sólo me queda la duda del papel de Luis Enrique en este asunto. No sé si está de acuerdo o si la suerte ya estaba echada antes de su llegada. A mí sólo me quedan dos palabras por escribir; ¡Suerte, Cesc!

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