Mi realidad sobre el Hércules

Me permitiré un giro circunstancial en la temática del blog para escribir un poco sobre el Hércules. Lo haré con las cartas sobre la mesa, y desde el punto de vista del aficionado desencantado que también asume su parte de responsabilidad en la delicada situación del club más representativo de la ciudad de Alicante.

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El Hércules, a cinco partidos del milagro o de la Segund B

El mundo del fútbol se ve devorado por su entorno, incluso en equipos menores pero que también cuentan con cierta leyenda labrada a través de una masa social utópica y soñadora. El Hércules es uno de ellos. Este entorno se puede simplificar en dos grupos; “los fieles” y “los hastiados”. Yo pertenecí a los primeros durante muchos años, seguramente los de más barro y menos brillantina. Recuerdo acudir casi como un feligrés a mi asiento de la tribuna alta del Rico Pérez cada domingo, situando la cita casi como el momento más esperado de la semana. Recuerdo los atascos al salir del estadio con el himno del Hércules aún resonando de fondo a través de los altavoces con peor acústica que jamás he escuchado. Recuerdo casi obligar a mi padre a desplazarnos a Novelda, Albacete, Lorca o Murcia para ver algún partido del Hércules como visitante. Recuerdo muchos sábados por la tarde nervioso junto a la tele viendo fútbol por Punt Dos, o Domingos por la mañana pegado al transistor aquel año que nos tocó el grupo canario. Recuerdo la rivalidad con el Alicante. Recuerdo tener el viaje organizado a Alcalá y agarrar el resfriado de mi vida que me hizo quedarme en tierra. Y no recuerdo más porque mi juventud no me lo permite, pero sí he podido absorver muchas otras historias de herculanos que manifiestan la lealtad a un equipo cercano al centenario. Por todos esos recuerdos yo era de “los fieles”. Pero luego llegó el éxito y algo de borrachera. Los últimos recuerdos son a pie de campo cuando el Madrid visitó el Rico Pérez, viendo al Hércules perder en Mestalla o como no, pegándome el gustazo de celebrar desde la cabina del Camp Nou la victoria histórica del Hércules al Barça de Guardiola. Yo estuve allí. El año de la vuelta a primera fue una enorme decepción, en el que muchos herculanos recordamos las catacumbas de la segunda B y lo que había costado salir de allí. Yo también me pregunté, ¿por qué cuesta tan poco desandar tanto camino? Fue un partido contra Osasuna, perdimos 0-4, y se me quitaron las ganas de volver al Rico Pérez. Me bajé del barco, me pasé al otro grupo, y asumo la responsabilidad. Desde entonces sólo he vuelto para la promoción contra el Alcorcón. Desde el grupo de los “hastiados” todo se ve diferente. Las derrotas cabrean pero no duelen, las victorias alegran pero no hacen sonreír.

Pero todos somos entorno. Todos tenemos alguna camiseta del Hércules en el armario (da igual el año), y a todos nos representan como Alicantinos. Y recordando mi época más fiel, la de Segunda B, no quiero que vuelva. No quiero que el Hércules vuelva a ser un equipo fantasma y que sus goles no se canten a nivel nacional. Y sin TV autonómica, la Segunda B equivale a casi no existir. Y viendo el panorama, la segunda B equivale a desaparecer.

Una de las ventajas de ver la realidad desde el grupo “hastiado” es que se analizan las cosas con menor información pero también con menor sentimiento. Las redes sociales han agitado la coctelera del entorno herculano, y cada semana veo como se despellejan nombres y se buscan cabezas de turco. Da igual buscar culpables en la directiva, en el banquillo, en el campo, en la prensa, o en la afición. Cada semana, desde hace tiempo, es un querer y no poder machacante que nos ha situado los últimos de la clasificación. Me permito la primera persona, yo también fui fiel. Se mata a Ortiz, se criminalizó a Mandiá, se ajustició a Pitarch. Se pitó a Portillo, se humilló a Peña. Se elogió a Quique Hernández y ahora se le manda a los leones. Todos, con su parte de culpa distrajeron la atención de un problema mayor. Ellos y muchos otros. Si no se puede criticar a ninguno de los citados, pues nos cebamos con ese periodista de pensamiento impuros, o con aquel comentarista que tuitea barbaridades o con el otro aficionado que no piensa como yo. El entorno del grupo de “los fieles” está destruyendo al Hércules, y sin darse cuenta. Los que más quieren al Hércules, los que más sufren, están acabando con el club. Por eso yo me cambié de grupo, porque no quería sumarme a la barbarie.

Si el equipo no responde, pedimos la cabeza del entrenador. Si lo echan, decimos que es demasiado tarde. Si el recambio no es el esperado, volvemos a rajar. Y si el domingo perdemos, “ya lo había avisado yo”. Y si bajamos, pues “se veía venir”. Desde el grupo más ventajista, escribo casi por primera vez del Hércules en todo el año para pedir un último esfuerzo y una profunda reflexión. Cinco partidos y mucho fango por limpiar. ¡Macho Hércules!

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