Mitos y héroes

No es lo mismo ser un héroe que un mito. Los primeros son encumbrados por sus éxitos y triunfos, pero los segundos destacan por sumar a todas sus gestas un aliño legendario, el que le otorga la lucha contra la adversidad. No es lo mismo el que gana con viento a favor que el que lo hace atravesando un camino de espinas. Sólo los segundos pasan a la historia como mitos en su ámbito. Si lo llevamos al deporte, Federer sería el héroe y Nadal el mito.

Roger es el talento natural, el repertorio inagotable. Su juego es exquisito y su palmarés inalcanzable. Rafa es todo lo contrario, un seísmo indomable, un tenis intrépido. Mientras Federer apenas suda, Nadal suda sangre. Roger es el génio y Nadal la figura. Uno viste de etiqueta y el otro brilla en chandal. Uno centellea como el relámpago pero es el otro el que resuena como un trueno.

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Desde que irrumpió aquel chaval de Manacor, siempre le ha acompañado un aura de épica afable que se ha impuesto a la sencillez maestra de Federer. Ayer el Diario Marca mostraba en portada la mano erosionada de Nadal (foto) y en páginas interiores se abría la crónica de su victoria contra Dimitrov con la frase “Una mano contra dos”, todo ello rematado con un despiece fastuoso (foto)  en el que se recopilaban las diferentes hazañas de un tenista que parece más un cid. No seré yo quién repruebe una mayor cobertura a un deporte ensombrecido por el fútbol (como lo son todos en España), pero no por ello el tratamiento mediático a Nadal en nuestro país me deja de parecer en ocasiones una epopeya animosa de sus proezas más que una narración real de los extraordinarios logros de un deportista, seguramente el mejor español de la historia.

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El despiece detallado de las otras gestas de Nadal (pinchar en grande)

Nadal, que es ejemplo de empeño y humildad siempre se ha medido con esa exaltación de patrotismo tan habitual en este país de ombligo gigante. Capaz de resurgir de sus cenizas para volver al número uno, de ganar partidos con dolencias inhumanas y de superar obstáculos a los que sólo él se enfrenta. Esa ahínco interpretativo en el vigor de Rafa ha empañado injustamente un esfuerzo igualmente reseñable y sacrificado de otros tenistas españoles que también se enfrentan a lesiones y contratiempos, y además deben de hacerlo desde las catacumbas de lo anónimo en lugar que desde el balcón de los elegidos.

No pretendo restar mérito a Nadal, patrimonio de todos, pero tampoco puedo evitar pensar que sus manos no necesitan de llagas o ampollas para enaltecer sus victorias o justificar sus derrotas. Ya es un mito, pero hoy juega contra un genio. De manos inmaculadas, eso sí. Pero igual de extraordinarias.

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