Anécdota de carretera

No acostumbro a intercalar temáticas que se alejen de la actualidad deportiva, pero haré un ligero viraje en la dirección del blog para contar un caso personal y cotidiano; una anécdota que bajo la aparente simplicidad oculta un trasfondo más complejo. En la época que vivimos, en la que un puesto de trabajo se batalla como unas onzas de pan en la posguerra, llama la atención que algunas personas del todo incapaces ostentes determinadas responsabilidades.

Volvía de Valencia dirección Alicante, cuando al coche, tan oportuno como de costumbre, le sobrevino un súbito ataque de pereza que hizo imposible apartarlo del arcén de la autovía. No me hacen falta conocimientos de mecánica para asegurar que se trató de un problema de embrague, pero el diagnóstico es lo de menos. No quedaba más remedio que iniciar el procedimiento habitual. La primera llamada a la aseguradora fue el comienzo de un laberinto surrealista de despropósitos encadenados; “Si me dice su localización exacta, le enviamos una grúa lo antes posible”. Hasta ahí correcto, sino fuera porque la oscuridad de la noche y la desorientación en la autovía me impedían precisar el punto kilométrico. “De todos modos enviamos una grúa que haga el mismo recorrido que usted hasta que le encuentre”. Apenas unos minutos después, recibo otra llamada que me hizo ilusionarme con un servicio diligente: “Ya está la grúa de camino, en menos de 30 minutos estará por ahí”; Era otro hombre distinto, de voz ronca, expresión torpe y luces apagadas (imaginé que de la compañía de grúas). “Como no puede precisar su localización exacta, vaya llamando a un taxi para que no tengamos que esperar otros 45 minutos una vez la grúa haya llegado”. Esas fueron sus indicaciones inequívocas, y yo como ciudadano obediente y sin mucha experiencia en ser socorrido, me apresuré a buscar el número de la central de Taxi más cercana. Fue mi perdición.

Al otro lado del teléfono contesto una voz de mujer insatisfecha, medio paleta pero con la suficiente mala idea como para enredar a alguien en apuros. Tras varios minutos de paciencia y esfuerzo, parece que pudo entender mi situación, y una vez me hizo recorrerme varios metros del arcén a oscuras (con chaleco y triángulos en mano), pude averiguar el punto kilométrico exacto (602, no lo olvidaré nunca) y celebrar que el taxi vendría a por nosotros (porque a todo esto éramos 3 y por eso no podíamos volvernos con la grúa, habilitada sólo para dos plazas extras).

Todo parecía en orden, con la grúa y el taxi de camino, hasta que recibo otra llamada, esta vez de un hombre: “Soy el taxista, me han dado su punto kilométrico y en unos minutos estaré allí”. -Qué diligencia (pensé, iluso de mí)-. La mujer parecía lenta de reflejos pero había conseguido en pocos minutos mandar un taxi a través de la oscuridad. Todo se truncó cuando llega el vehículo y no lo conduce el hombre al que acabo de colgar, sino la mujer de contrastada estupidez. “Yo he venido y el servicio ya son 25 euros”, avisó la taxista, poniendo de inicio las cartas sobre la mesa. Al poco rato llegó el otro taxi, desvelando el misterio. “A mí me ha llamado la aseguradora”, confirmó. “Y a mi me ha llamado usted”, añadió la irritante voz femenina. “Y a mí me han dicho que le llame”, concluí yo.

Ahí estábamos, dos taxis, un coche averiado y la grúa sin llegar. Todo un culebrón. No tardé en llamar al sujeto que me había indicado de forma clara que fuera yo personalmente el que llamara un taxi. Tras expresarle la situación y pasarle con la taxista (que sólo le preocupaban sus 25 euros como si de ellos dependiera su vida), el hombre debió verse superado para mentir como un bellaco: “Yo no le he dicho que llamara al taxi”, mintió en repetidas ocasiones. Así que tras desahogarme con él y prometerle consecuencias ante su negligencia, tuve que rendir cuentas con la taxista lianta (que ella debe saber que ese tipo de servicios no los hace a través de la llamada de un particular), dispuesta incluso a llamar a la policía por sus 25 euros con los que no le llega ni para un vibrador que bien necesita. “Tenga, y páguese una buena cena esta noche”.

En definitiva, no tiene bastante un ciudadano con que se le estropee el coche, perder horas de su tiempo y asumir la futura reparación. Encima tiene que soportar las consecuencias de la forma de trabajar de gente no cualificada o la avidez de cuervas que buscan sacar tajada de la desgracia ajena. Supongo que todos somos víctimas de ello, pero indigna.

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