El crack de la otra vía

Manuel Guardia saludando a un jugador antes de un partido
Manuel Guardia saludando a un jugador antes de un partido

            Ascender en el mundo del arbitraje es complicado. Llegar a la gloria, o lo que es lo mismo, a  la primera o incluso a la segunda división es resultado de duros años de brega y pundonor alrededor de la geografía primero provincial (en fútbol base y categoría regional o preferente los árbitros no se desplazan más allá de los limites de la provincia a la que pertenece su delegación), luego comarcal (en tercera, existe separación de grupos en función de comunidades, por lo que los colegiados también ensanchan su círculo de acción) y finalmente nacional (a partir de segunda B).

 

Muchos colegiados encuentran techos o límites en determinadas categorías que les impiden mantener la progresión: motivos personales, laborales, lesiones… o simplemente no cumplir con los requisitos mínimos, que es lo que ocurre en la mayoría de situaciones. Para ascender de categoría, no basta con pasar pruebas físicas y exámenes técnicos, sino que hay que mantener una regularidad desesperante en algunos casos. Un ejemplo es la categoría preferente en Alicante, que precede a la tercera división. Existen multitud de grupos y equipos y en consecuencia de árbitros. Al final de temporada, de los cerca de 100 colegiados, tan solo los ocho con mejores informes serán aptos para acudir al cursillo donde se decidirán los cuatro que llegan a tercera. Un amigo árbitro me explicaba el otro día que hay otras regiones, como pueda ser Murcia, dónde la categoría preferente la conforma un solo grupo de una veintena de equipos, por lo que la exigencia a la hora de ascender es mucho menor. Es una situación compleja pero real, que convierte el arbitraje en una carrera constante en la que hay que destacar sobre el resto. Por todo esto me asombro al escuchar voces que afirman que los colegiados de primera no están preparados. Si supieran lo que la mayoría han tenido que pasar…

 

Ante la impotencia creada al no poder sobrepasar ese techo virtual, muchos optan por otra vía igual de respetable, convertirse en asistentes específicos. La opción de la bandera es tan válida cómo la del silbato, y  las exigencias a la hora de ascender son menores.

 

Manuel Guardia, árbitro asistente de segunda división B, es la máxima expresión, al menos en la delegación a la que pertenezco, de un colegiado que se ha inclinado por la otra vía. En su caso, más que por no poder ascender cómo árbitro, su decisión se debe al disfrute y satisfacción que le provoca la bandera, que le permite desprender una ilusión positiva a los que debutan. Este año se ha recorrido bandas de estadios importantes de la segunda división B, acompañando a Arcas Piqueres, ex árbitro de segunda. Su veteranía le permite ser un ejemplo para los que se inician, y por ello enseña semanalmente a los que desean seguir sus pasos. Elegancia y contundencia son sus mandamientos a la hora de utilizar el banderín, y sólo hay que verlo para darse cuenta de ello. En el terreno de juego demuestra seriedad y firmeza, y fuera de él hace gala de su bondad, compañerismo y predisposición positiva.

 

Es cierto que los asistentes son los más cercanos a las gradas, pero también son una opción que no hay que descartar. Y para los escépticos sirva de ejemplo Manuel Guardia, el crack de la otra vía.

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