A ciegas

 

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Esta semana tocaba derby. Los dos equipos de San Blas de juveniles del grupo 14 se veían las caras con motivaciones muy distintas: El San Blas “C” lideraba la clasificación y  se presentaba como favorito mientras que el San Blas alto contaba con la ventaja de jugar como local pero su última posición en la tabla les impedía ser optimistas.

 

Desde el punto de vista personal gozaba de dos factores a mi favor: por primera vez en mucho tiempo no tenía actividad prevista para la mañana del sábado, por lo que contaba con tiempo suficiente para mentalizarme y descansar hasta las cinco de la tarde en que comenzara el encuentro. El otro aspecto favorable era que ya había dirigido a los dos equipos durante la temporada, lo que suponía una notable ventaja.

        

Sabía perfectamente lo que me iba a encontrar: un campo de tierra coqueto, escondido y rodeado de matorrales y unos vestuarios sin luz y agua caliente. Antes del partido bromeaba con el conserje acerca de ese hecho: “Si tienes suerte y a las 7 cuando acabe el partido ha anochecido darán la luz y no te tendrás que duchar con la puerta abierta” me decía, a lo que yo le respondía con una sonrisa complaciente. Como he dicho, sabía lo que me iba a encontrar.

 

Al poco de llegar al vestuario comenzaron los problemas: mientras ordenaba la equipación y me disponía a empezar con la redacción del acta, escuchaba a los integrantes del San Blas “C” comentar que habían olvidado las fichas: ¡Vaya lío! El delegado no tardó en trasladarme el problema. No quedaba más remedio que pedir el DNI de cada uno de los jugadores y técnicos del equipo, con los problemas que ello conlleva: uno lo ha perdido, a otro se lo han robado, otro lo tiene en su casa, otro trae el pasaporte… Una vez reunidos todos los DNI, hay que numerar a los jugadores y hacerles firmar para la posterior comprobación con sus respectivas fichas federativas. Lo que debía ser una previa tranquila se convirtió en una frenética cuenta atrás hasta las cinco de la tarde. Estaba sudando y aun no había comenzado el partido.

 

Ya en el terreno de juego, pronto se puso de manifiesto cual iba a ser la tónica del duelo: el San Blas “C” volcado al área buscando el gol mientras que los locales esperaban agazapados algún contraataque. El juego no era muy vistoso, pero al menos no había muchos encontronazos. El empate se mantuvo hasta que un error del San Blas alto fue aprovechado por uno de los delanteros visitantes. Tras el gol, se caldeó el ambiente y el árbitro comenzó a estar en boca de aficionados y jugadores, aunque la cercanía del final de la primera parte evitó problemas mayores.

 

En el descanso tocaba hacer balance: resultado ajustado, lo que mantendría la emoción y la intensidad en la reanudación y dos tarjetas, las dos para los locales y las dos por reiteradas protestas, una al capitán y otra al delegado. Era previsible que alguno no acabara el partido, o incluso los dos, como así fue. Como anécdota, el delegado del San Blas “C” me traía las fichas. ¡A buenas horas! Tocaba comprobar que todos los DNI correspondieran con sus respectivas licencias federativas. Todo correcto.

 

Era previsible que la segunda parte fuera complicada, y los problemas no tardaron en llegar. A los dos minutos, el capitán local, previamente amonestado, realiza una dura entrada sancionable con amarilla y deja a su equipo con diez. Comienzan entonces los gritos desde la grada, “árbitro te has cargado el partido”, con todavía muchos minutos por delante.

 

La dureza aumenta. Las amonestaciones se suceden, en su mayoría contra los jugadores locales. Con el paso de los minutos, la diferencia en el marcador crece y se dispara hasta un 0-5 que desquicia a alguno de los jugadores del San Blas alto. Uno de ellos, en los últimos minutos se desentiende del balón y golpea a un contrario con intención de hacerle daño: no hizo falta ni decirle que abandonara el rectángulo de juego, puesto que lo hizo por su propia iniciativa sin ni siquiera girarse para ver la tarjeta roja.

 

Se aproximaba el final del partido y el marcador ya no se movería, pese a que los visitantes fallaron un penalty señalado por un derribo en el área. Con el pitido final, los abucheos, quejas, insultos e improperios se centraron en el árbitro. De camino a la caseta, el delegado puso la guinda al partido: “Eres un tarugo”, me dijo, convirtiéndose en el tercer expulsado de la tarde.

 

El interminable trecho que separa el campo del vestuario culminó con el recibimiento del conserje: “Siempre nos traen árbitros tan malos”. Sin contestación le pedí las llaves y cerré la puerta. Afortunadamente había luz en el vestuario y no tuve que rellenar el acta a ciegas.

 

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