Contraste de edades

 

sdferdrty 

 

Actos rutinarios son aquellos que se realizan con asiduidad durante un largo periodo de tiempo y contribuyen a mantener un cierto control sobre la vida: comer, trabajar, ver una determinada serie de televisión, madrugar, desayunar cereales con leche…pues bien, acudir al comité de árbitros cada viernes a recoger los partidos del fin de semana se ha convertido ya en tradición para mí y para cualquier colegiado.

 La expectación me acompaña en el recorrido hasta la transitada calle Lérida previo a un fin de semana plagado de actividad. Muchas dudas están apunto de despejarse: ¿pequeñines o mayores?, ¿tocará madrugar?, ¿qué campo albergará las aventuras de esta semana?

Las posibilidades (en mi caso restringidas al fútbol base) son varias pero limitadas: benjamines, alevines, infantiles, cadentes y juveniles. No es lo mismo un benjamín por la mañana en un campo grande y con las gradas alejadas que un juvenil en un estadio coqueto con los hinchas junto al césped y cayendo la noche. La mentalidad no es igual al tener que afrontar un partido de críos de nueve años que uno de hombres de 18.

Las diferencias técnicas son las más palpables; las contiendas de benjamines duran 50 minutos (25 cada parte), con siete jugadores por bando que se pueden alternar con los que esperan en el banquillo sin límite de cambios y en unas dimensiones reducidas acopladas a la edad de los chavales que implican también menor desgaste físico para el árbitro. Los encuentros de juveniles, por su parte, los disputan once futbolistas por equipo y cinco más que pueden entrar de refresco sobre una amplitud de terreno considerable, en una batalla que se prolongará durante 90 minutos (45 cada periodo).

Por otro lado existen otro tipo de contrastes; los benjamines, niños que la mayoría no han cumplido diez años, demuestran sobre el césped su inocencia. El contacto físico escasea, al igual que las reprobaciones de los pequeños futbolistas, que además, cuando caen, intentan levantarse al instante. La pelota se desplaza lentamente y los sonidos de silbato son contados. Nada que ver con las disputas de juveniles, en las que el balón corre de un lado para otro de forma casi vertiginosa. Cada minuto depara no menos de tres protestas, cada balón dividido conlleva un contacto, una dificultad más para el árbitro obligado a usar su silbato sin descanso. La pillería adolescente sustituye a la ingenuidad infantil.

Peligrosas conclusiones se pueden sacar del párrafo anterior. La moraleja aparente es que un partido de benjamines es más asequible, pero la relajación puede revertir esta situación. Es cierto que los aspectos a tener en cuenta son mayores en partidos de superior categoría, pero un colegiado no debe dejarse llevar por el exceso de confianza y perder la concentración. Y para recordarlo siempre estarán los padres de los críos, capaces de lograr que un partido de benjamines se convierta en una auténtica pesadilla.

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