“El futbol mueve pasiones” es un tópico tan escuchado como cierto; las latas de refrescos encuentran una segunda utilidad como pelotas improvisadas en los patios de los colegios, las piedras actúan como porterías en detrimento de ellas, las madres cosen los pantalones de sus hijos, maltrechos por el contacto con la tierra o el asfalto. Cualquier lugar o motivo es apto para practicar el fútbol. ¡Qué niño no sueña en su infancia con ser futbolista! Niños barcelonistas que se imaginan siendo un futuro Messi, o madridistas que quieren emular a Casillas, o valencianistas que son perfectos prototipos de Villa. ¿Pero qué niño desea ser árbitro? Esta pregunta se hace también el ex árbitro García Aranda, pero supongo que el también daría patadas a una lata antes que soplar un silbato.
Personalmente, no creo que ser árbitro sea algo que se piense desde pequeño. Las latas, las piedras y los pantalones rotos fueron también una constante en mi época escolar. En mi pre adolescencia tampoco faltaron tardes en el Rico Pérez animando al Hércules, y culpando a los hombres de negro, al son de todo el estadio. No es cuestión de vocación, aunque habrá excepciones. Se trata de pertenecer al mundillo, pero desde un punto de vista diferente, y aprovechar la oportunidad de encontrar a gente que ama este deporte, profesionales que llevan el fútbol en las venas, y han conseguido vivir de él y ser feliz, sin necesidad de ser futbolistas. Mis ídolos han pasado a ser ellos, y no los que dan patadas a un balón. Desde entonces, desde que soy árbitro, sigo animando a los once titulares del Hércules, pero no falta una ovación merecida para los tres jueces que viven el partido con la misma intensidad y motivación.
Don Quijote partió en busca de aventuras motivado en parte por su locura y en parte por sus ganas de defender la verdad. En el caso de muchos árbitros, la motivación puede ser parecida, porque puede parecer una profesión para locos. Admiro a estos locos, y me enorgullece ser uno de ellos. Hace menos de un año salí en busca de aventuras, igual que 400 años atrás el ingenioso hidalgo iniciaba sus andanzas, pero en mi caso con las canchas alicantinas como escenario.
