¿Quién es el culpable?

10 11 2008

 

botellazo a Lillo  

 

 

El fin de semana vuelve a dejar imágenes habituales; árbitros abucheados por una afición local soberana y disconforme, jugadores que muestran su malestar por la labor arbitral contra su equipo, periodistas que atribuyen las derrotas a decisiones arbitrales, etc.…que no dejan de ser situaciones “normales” que forman parte de “la salsa del fútbol”. Lo ocurrido en Anoeta merece quedar fuera de ésta clasificación de cosas “normales”. La lesión de Díaz de Cerio me dejó compungido al ver las imágenes por televisión. Los ojos se me cerraban de forma involuntaria para evitar congelar la imagen en mi retina de la tibia y el peroné del jugador de la Real. La misma sensación que yo habrán sentido los que hayan visto la acción repetida, y más aun los que la presenciaron en directo, entre los que se encuentra el árbitro del encuentro, José Luís González González. No voy a juzgar si la actuación del árbitro durante los 90 minutos fue más o menos acertada, pero en esta jugada, como árbitro, aplaudo la decisión del colegiado. Lo aparatoso de la jugada no implica que tenga que haber obligatoriamente una expulsión de por medio. El choque entre el desafortunado delantero de la real y el portero del Eibar es completamente fortuito, por lo que no implica sanción alguna. A partir de este lance, el ambiente se caldeó, y el entrenador de la Real Sociedad, Juanma Lillo, se convirtió en desagradable protagonista por doble motivo. Primero por ser golpeado por segunda vez en su carrera, esta vez en un ojo, mediante un objeto que cayó desde la grada y después por las desafortunadas declaraciones sobre lo sucedido. El impacto que recibió el técnico realista solo fue el resultado de la mala puntería de un energúmeno que no debe volver a pisar un estadio de fútbol. El colegiado, al ver peligrar su integridad y la del resto de jugadores o técnicos, decidió suspender el partido en otra medida que aplaudo. Se ha llegado a tachar ésta decisión de cobarde huída.En mi opinión el comportamiento que habría que juzgar no es el del árbitro, sino el del aficionado ejecutor, y el del agredido, porque Lillo tras restablecerse del golpe se despachó a gusto en la rueda de prensa. Se puede considerar acto criminal lanzar un objeto con animo de herir al árbitro de la misma forma que puede considerarse criminal cualquier intento por justificar este tipo de comportamiento, que es lo que hizo el preparador de Tolosa. La sanción que pueda imponerse a la Real es un tema de comités, aunque teniendo en cuenta que solo se trata de un único aficionado que ya está a disposición judicial y se ha disculpado por su comportamiento no creo que ésta se exceda de una multa económica. Los hechos en sí son deplorables, pero lo injusto es buscar al colegiado como culpable, porque hay que recordar que los objetos fueron lanzados contra el árbitro, y solo el azar o la dirección del viento hicieron que el objeto calificado de contundente acabara impactando en el entrenador de la Real. Quiero pensar que el golpe dejó aturdido a Lillo, y que por eso mostró tan poca lucidez en la rueda de prensa, porque de no ser así, el que merece ser sancionado es él.